El mundo en que vivimos tiene de todo menos seguridad. Es decir, nada, ni siquiera el pronóstico del tiempo, es seguro que vaya a pasar. Es probable pero no seguro. La experiencia de este mundo, tanto para las personas como para las empresas, es cambiante, insegura y maravillosamente incierta. Es el costo del libre albedrío, costo que yo, personalmente, pago con gusto.

Sin embargo, se gastan enormes cantidades de dinero en aras de obtener seguridad. Lo gastan las personas, las empresas, los gobiernos del mundo. Seguridad, tanto física como económica, financiera, etc. Y es adecuado hacerlo, para compensar las altas dosis de incertidumbre que nos propina la existencia humana.

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